De la guerra contra el dólar, a la guerra por la factura eléctrica que alimentara la Inteligencia Artificial

 

De la guerra contra el dólar, a la guerra por la factura eléctrica que alimentara la Inteligencia Artificial

Lic. Fabián Barrios

En 2022 y 2024, en Ámbito Financiero, sostuvimos que “la militarización de las finanzas era una amenaza al futuro del patrón dólar”. El foco: el congelamiento de reservas de la Federación Rusa y la batalla militar el síntoma visible de la desdolarización silenciosa. Sostuvimos que el conflicto armado no sería breve debido a que la estrategia anclada en el objetivo de retar a Occidente y el papel del dólar como moneda hegemónica.


Ahora el tablero es más complejo: a la guerra contra el dólar asistimos al contraataque global para su defensa mediante un golpe más amplio que involucra algo aun de más largo plazo, el domino del próximo orden tecnológico global y más que defender el dólar dirigir el precio de la energía que alimenta a la IA. El uso de peajes energéticos como Ormuz, el control de la reserva petrolera venezolana como antecedente; para disciplinar al resto del mundo, mantener el flujo energético mundial atado al papel verde.

La entrada de Rusia en Ucrania en 2022 y la crisis en el Estrecho de Ormuz en 2026 no son dos guerras, son dos batallas de la misma guerra geoeconómica: quién controla la moneda, la energía y la infraestructura del próximo orden tecnológico, los volúmenes disponibles y los costos de las facturas.

EE. UU dispone por sí mismo de todos los factores, pero si no logra encarecerles a sus retadores el control mundial no será pleno.  

En 2022, las sanciones contra Rusia marcaron un antes y un después: por primera vez se congelaron más de 640.000 millones de dólares en reservas de un banco central de una potencia nuclear. [Banco de Rusia; U.S. Treasury, 2022]. El dólar dejó de ser un medio de pago “neutral” y pasó a ser un arma. Fue la militarización de las finanzas. El mensaje a Moscú fue claro, pero el que escucharon Pekín, Nueva Delhi, Brasilia o Riad fue otro: si hoy se lo hacés a Rusia, mañana me lo hacés a mí. Allí empezó, de hecho, la guerra contra el dólar.

La respuesta rusa fue igual de política: gas y petróleo solo en rublos u oro. Por primera vez desde 1971, un exportador energético de peso se animó a facturar fuera del sistema dólar [OPEP, 2022]. No sustituyó la moneda norteamericana, pero inauguró la balcanización monetaria: operaciones en yuanes, rupias, rublos, acuerdos bilaterales en monedas locales [BIS, 2023]. El verdadero cuestionamiento al dólar no vino de discursos altisonantes, sino de la práctica silenciosa de comerciar por fuera de Nueva York. 

Europa quedó en el medio y lo pagaron sus ciudadanos y lo seguirán pagando; imaginen que ya firmo contratos con Argentina para importar GNL por 20 años, bien por nosotros. Pero suena extraño eso de que vamos a parecer a Alemania.

Las sanciones que debían “infligir a Rusia una derrota estratégica” terminaron desindustrializando a los aliados: el gas ruso barato fue reemplazado por gas licuado norteamericano y catarí a tres o cuatro veces más caro [IEA, “Gas Market Report”, 2022; FMI, 2023]. Alemania, que había cerrado su parque nuclear por presión verde y apostado al gas como energía de transición, se encontró en 2022 generando más de un tercio de su electricidad con carbón [IEA, “Germany Energy Policy Review”, 2023]. El stress energético no empezó con Ucrania: Ucrania fue el fósforo; la pólvora la pusieron veinte años de política energética ideológica de la UE.

Ormuz repite el libreto, pero perfeccionado. Por allí pasa alrededor del 20% del petróleo mundial y cerca del 50% del crudo que importa China [EIA, “World Oil Transit Chokepoints: Strait of Hormuz”, 4; RAND, 2024]. Estados Unidos, exportador neto de petróleo desde 2018, no necesita ese crudo ni gas para sí mismo [EIA, 2019–2024]: lo que disputa es el “grifo” que alimenta a Asia.

El papel de Israel no es secundario en este juego, provee la excusa, de las armas nucleares iraníes; es el papel que Gran Bretaña, Francia, Alemania o Polonia el primero dio el golpe con el Brexit y se lavó las manos pero se disputaron por ser la vanguardia anti rusa azuzando la supuesta amenaza contra Europa, todos por intereses concretos uno como brazo armado de capitales detrás Boris y el partido demócrata moviéndose con similares intereses y Londres impulsando la incorporación de Ucrania a la UE para echar manos a sus recursos; recursos estratégicos que Rusia considera propios; nada diferente a como Trump considera los de suelo venezolanos como suyos.

Así mismo, Israel no solo es un aliado militar de EUA, como claramente tampoco lo era Europa, impulsa sus propios intereses en oriente; a diferencia de Europa que parece no tenerlos; Israel no quiere el papel secundario de “base avanzada” Occidental en Medio Oriente; busca ser líder indiscutible regional y principal polo tecnológico, financiero y energético avanzado del área.  

Si el próximo siglo se ordena en torno a quién controla los flujos de datos y la electricidad para la Inteligencia Artificial, Israel apuesta a que el salto económico de la región pase por Tel Aviv y Haifa, no por Teherán, Riad o Doha. Cada operación militar y cada sanción que redibuja rutas de energía y de capital en el Golfo también consolida su lugar como socio inevitable para el capital global que quiera estar en Medio Oriente sin depender de Irán ni de las monarquías petroleras.

El stress energético infligido

Cada vez que Ormuz se tensiona, el barril trepa tornándose en coartada perfecta para gobiernos; inflación en alza, la culpa “la geopolítica”, nunca la impericia. Mientras el presidente de Brasil, declara que “no permitirá que la situación externa afecte al país”, si bien el precio del crudo y del dólar no se pueden vetar por decreto. La verdad incómoda es otra: los países que hicieron la tarea en energía, logística y finanzas, amortiguan los shocks; los que no la hicieron usan Irán como excusa.

Entre marzo y abril de 2026, el Brent pasó de unos 75 a unos 110 dólares: 35 dólares extra por barril sobre 102 millones de barriles diarios en el mundo son más de 3.500 millones de dólares adicionales por día [OPEP, MOMR 2026; Reuters, mar–abr 2026]. En un mes, alrededor de 110.000 millones de dólares se transfirieron de importadores a exportadores. 

El costo de la guerra en Ormuz como inversión no como gasto

Analistas estiman 15.000–20.000 millones de dólares en costos militares en el primer mes [Reuters; Wall Street Journal, 2026], es decir, cerca del 15% de lo que se ganó por la suba del crudo. El 85% restante fue renta para productores y traders [EIA; Asia Nikkei, 2026]. El conflicto se diseña para durar lo justo: lo suficiente para cobrar el pánico en el mercado físico y en los futuros, no para quebrar al sistema.

Cuando Ormuz sube el barril de 75 a 110 dólares, la inflación generada es global: suben nafta, fletes y comida en casi todos los países y aunque no suban todos especulan, puesto que los propios gobiernos lo hacen. Esas subas la pagan miles de millones de personas, en todas las monedas. Pero la renta extraordinaria se paga de contado a muy pocas manos: productores de crudo, traders y estados rentistas embolsan en semanas lo que el resto del mundo va a pagar durante meses en góndola e impuestos.

La imagen es brutal: unos pocos cobran hoy, en dólares frescos, la renta extraordinaria del shock; miles de millones de personas pagan esa misma renta despacio, con sus ahorros que se degradan y con salarios que nunca alcanzan a seguirle el ritmo a la suba del barril. Todos usamos el mismo papel moneda, pero para unos es caja inmediata y para otros es ilusión de seguridad que se va achicando con el tiempo. La guerra y el shock energético funcionan como una máquina que transforma miedo en inflación masiva y, al mismo tiempo, en ganancias privadas inmediatas.

La acción estatal por medio del despliegue masivo de la fuerza militar provoca el Shock, mediado por el férreo control mediático unilateral dirigido a la propia población que debe comprender los esfuerzos de guerra y pagarlos con inflación y degradación de la moneda por mayor crecimiento de la deuda vía emisión monetaria para el pago de los intereses.

Y justamente será el tamaño de esa deuda, cada vez más difícil de sostener, lo que empuja a muchos países a buscar salidas a la dolarización forzada del sistema.

El pequeño ahorrista compra titulares; los grandes compran información y tiempo.

El ruido mediático no es inocente. Muchos de los grandes transmisores de miedo y euforia quizá tengan alguna posición en el mercado, pero las decisiones clave —hasta dónde van a llegar los aranceles, cuánto va a durar los conflictos, qué sanciones se van a aplicar— no se deciden en los sets de TV. Esa información real suele estar en la cabeza de muy pocas personas. Y aunque esas personas no compartan lo que piensan con los voceros mediáticos, sí lo comparten, explícita o implícitamente, con quienes comparten negocios en común: fondos, bancos, grandes tenedores. En pleno conflicto irresuelto los principales índices testean máximos y son superados; el sector tecnológico parecía moverse lateralmente prácticamente en Q1, pero si estamos hablando de guerra por el costo de la energía y el orden tecnológico mundial de y un acto directo de EE.UU por encarecer el precio de la energía a su competidor, ha demostrado más que con creces que ese objetivo se logra en el cortísimo plazo lo que indica que Estados Unidos va seguir creciendo y China no va abandonar la batalla, y lo mismo vale para las pequeñas empresas innovadoras y las grandes industrias que se adaptan al nuevo ciclo energético y digital. Desde esa mirada, tiene más sentido ser socio, aunque sea mínimo, de activos productivos que seguirán generando valor, que aferrarse a billetes de papel que se degradan cada vez que Ormuz sube el precio del barril o Washington decide emitir un trillón más de dólares.

Por eso ni el S&P500 ni el Nasdaq colapsaron en 2026, continúan marcando máximos, en tanto que en 2022 se habían hundido: los grandes operadores ya han aprendido que esta no es una guerra para conquistar territorios, sino para administrar peajes energéticos [S&P Dow Jones Indices, 2022–2026]. Cuando el spot sube 40–50% por 30 días, pero los futuros a dos o tres años apenas se mueven, las petroleras en bolsa suben moderadamente y el grueso de la ganancia se realiza fuera del radar del inversor minorista, en contratos de físico y derivados que no cotizan en pantalla [CFTC, Commitments of Traders, 2026].

 

El último movimiento de Irán revela lo que estamos hablando

En su respuesta a los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel, Teherán no sólo amenazó con bloquear Ormuz: golpeó centros de datos de Amazon Web Services en Emiratos y Baréin. Las datas centers de IA aparecieron explícitamente como “infraestructura crítica” junto a cables submarinos y pequeños reactores modulares (SMR) [AWS, comunicado 2/3/2026; Oak Ridge, Monobar Parrikar Institute for Defence Studies and Analys (MPIDSA, 2026)]. La señal es transparente: ya no alcanza con controlar el barril; hay que controlar el megavatio que alimenta a la inteligencia artificial. 

Y un poco para Argentina. Mientras se celebra Vaca Muerta como “pasaporte al desarrollo” y se discuten contratos de GNL a veinte años, el precio de referencia ya no se forma en un mercado libre sino en peajes geopolíticos como Ormuz. No lo decide el productor argentino, lo decide la

guerra y la diplomacia energética de las potencias.

Peor aún: mientras soñamos con exportar gas, dejamos ir a los científicos del CAREM, el único reactor modular pequeño de diseño 100% argentino, ideal para alimentar campus de IA [CNEA, 2023–2025]. Nuestros ingenieros terminan en Idaho u Oak Ridge, dos de los epicentros más importantes de la investigación y el desarrollo nuclear en Estados Unidos y en el mundo. diseñando la próxima generación de SMR para las mismas big tech que nos venderán, mañana, la electricidad los algoritmos [DOE, 2024].

La mentira más peligrosa para países como la Argentina es que los hidrocarburos “te vuelven potencia”.

 

La evidencia va en sentido contrario: casi ningún gran productor de petróleo o gas construyó una economía diversificada solo a partir de la renta extractiva. En muchos exportadores del Golfo, el PBI per cápita luce alto en las estadísticas, pero el tejido productivo fuera del Estado y de las actividades ligadas al crudo es frágil, la creación de empleo privado de calidad es limitada y la igualdad se sostiene más con subsidios que con innovación productiva [Banco Mundial; OCDE, varios años]. Venezuela es el caso extremo: una de las mayores reservas de crudo del mundo combinada con colapso institucional y empobrecimiento masivo. La única excepción parcial es Noruega, que convirtió la renta petrolera en un fondo soberano orientado a educación, ciencia y tecnología, con instituciones que limitaron la “maldición de los recursos” [Norges Bank Investment Management, informes del fondo]. No se hizo rica por tener petróleo, sino por lo que decidió hacer con él. Si Argentina compra el mito de que Vaca Muerta, por sí sola, nos convierte en potencia, corre el riesgo de repetir el modelo rentista sin haber construido antes una base de educación, I+D y diversificación que defina qué queremos ser cuando el ciclo de precios termine. 

Argentina no se “alinea” gratis a Estados Unidos. Apuesta a sostener el dólar como eje del orden económico porque su plan implícito es competir exportando lo mismo que ya exporta Washington: energía para máquinas (gas, petróleo) y energía para humanos (alimentos). Pero en ese esquema, la asimetría es brutal.

Lobbyistas" de opinión festejan que el dueño de Palantir se sienta con el Presidente y que ya llegan las inversiones repiten que la compañía “vale más que el PBI argentino”, como si eso garantizara el progreso. Confunden todo: el PBI es lo que un país produce en un año; la valuación bursátil de una empresa es un precio de mercado que puede subir o caer 20% en un trimestre. No es que “tenga más dinero que Argentina”, es que el mercado apuesta a que va a controlar datos y decisiones de muchos Estados a la vez y el nuestro incluido. Palantir no levanta fábricas ni centros de I+D: vende software, toma datos y firma contratos. Es poder sobre nuestra información, más que inversión productiva en nuestro territorio. No vienen a crear un entramado productivo argentino, sino a disciplinarla o comprarla barata.

Lo que ocurrió en Europa aún no se logran digerir, la unión se tambalea, pero es peor que haya gobernantes prometiendo llegar a ser Alemania quizás falto precisar de qué época. Los hechos no son ni prehistóricos ni especulativos la derrota del continente europeo no es solo energética, sino estratégica: el continente se pensaba vanguardia verde se quedó sin la pata nuclear justo cuando la electricidad se convertía en el insumo central del siglo XXI. Alemania empezó a cerrar su parque nuclear a fines de los 90, mucho antes de que la IA y los data centers se volvieran el corazón del nuevo ciclo tecnológico. Dos décadas después, mientras las grandes plataformas planean su futuro con reactores modulares pequeños dedicados a alimentar campus de inteligencia artificial, Europa llega a la cita con menos energía firme propia, más dependencia del gas caro y una carbono-dependencia que había prometido superar.

Para Argentina el riesgo es todavía más brutal: no solo puede quedar fuera de ese salto, sino caer en una “africanización” tecnológica de sí misma. Exportar gas y alimentos baratos mientras se desarma el proyecto CAREM vende las patentes si se van los ingenieros es aceptar el papel de proveedor periférico: ponemos los recursos, otros ponen los reactores, los algoritmos y se quedan con la renta del próximo orden tecnológico.

El país que solo ataja penales en partidos ajenos no gana campeonatos. Argentina no puede contentarse con ser proveedor de moléculas y de ingenieros baratos en un mundo que está definiendo quién controla la factura eléctrica de la IA.

El empleo genuino (formal y directo) en los principales países exportadores de hidrocarburos está altamente concentrado en la extracción y refinación, sectores que, aunque generan enormes ingresos, suelen ser intensivos en capital y no en mano de obra directa. [“El futuro del trabajo en el sector del petróleo y el gas”. OIT, Departamento de Políticas Sectoriales, Ginebra, OIT, 2022”].-

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